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Departamento
de Principios y Modelos Misionológicos
Misiones: ¿Formando Discípulos o
Criando Loros?
Dr. David Oltrogge Traductores Bíblicos Wycliffe
Pobre Felipe. Jamás lo olvidaré. Allá
por el año 1952, en una clase de español en High School en Phoenix,
Arizona, otro estudiante más avanzado, por pura malicia le retó a
pronunciar cierta frase, dirigiéndose al profesor. Felipe, sin
reflexionar sobre el peligro que corría, procedió como un loro, a
articular los sonidos y sílabas que él no muy entendía. Las
consecuencias fueron de esperarse: los demás compañeros de clase,
muertos de risa; el profesor, enojado; y el desafortunado Felipe,
perplejo y frustrado ante el ruidoso escándalo que él había desatado,
voceando, "What did I say?" ("¿Qué dije?")
La comunicación, el entendimiento y el
Evangelio
Dios reconoce y respeta las lenguas y
culturas humanas, no importando el grado de "desarrollo" que
presenten. Él se manifiesta y actúa dentro de ellas, permitiendo así
que todo ser humano experimente la verdad de "Emanuel", (Dios
con nosotros), tanto a nivel personal como comunal. Dios entra y
compenetra en lo más íntimo de nuestro ser, efectuando cambios
profundos en nuestras actitudes, modo de pensar y comportamiento. Además,
actúa dentro de la comunidad: señalando las áreas de conducta que
deben conformarse a su carácter y voluntad.
Cuando el Espíritu Santo movió a los
autores de la Biblia (2a Pedro 1:21) a plasmar el mensaje de Dios en
forma escrita, el lenguaje que éstos utilizaron fue un lenguaje común
y entendible y no una jerga o una lengua religiosa especializada o de
las élites ilustradas. Con él, ellos comunicaron un mensaje con
significado y contenido que llegó con claridad a la mente y al corazón.
Su mensaje, pues, no fue uno caracterizado sólo por un conjunto de
signos audibles agrupados en sílabas, frases o palabras. Tampoco fue un
mensaje que solamente debía ser escuchado (o bien solamente
memorizado), pero no entendido, como si los meros sonidos fueran los que
tuvieran el valor espiritual.
De igual manera, si se espera que la
adoración a Dios sea auténtica, naciendo de lo íntimo del ser,
manifestando profundos sentimientos de amor y devoción, dolor o
angustia, entonces el seguidor de Cristo no debe sentirse obligado a
hacerlo en una lengua que no es la suya. Por cuanto que Dios es Dios de
la lengua, no es necesario que tengan que pronunciarse obligatoriamente
palabras en español, inglés, o hebreo, para comunicarse con Él. Al
fin y al cabo, el entendimiento es el meollo de la comunicación,
actividad en que participan plenamente tanto el que oye como el que
habla.
¿Qué valor tendría para un loro
pronunciar las palabras, "Jesús es el Señor"? De igual
manera, si el hablante no entiende lo que está diciendo, su hablar es
como el de mi pobre amigo, sin entendimiento.
Jesucristo, el ejemplo por excelencia
Cuando el Señor Jesús se dirigía a la
gente que le buscaba, como todo buen maestro, se cuidó de situarse
dentro del contexto en que vivían ellos, partiendo de las experiencias
y creencias que les caracterizaban, y les eran conocidas. Ellos no
tuvieron que aprender la lengua de él (por perfecta y celestial que
fuera), ni repudiar su trasfondo cultural (por imperfecto y torcido por
el pecado que fuera) como precondición para que les enseñase acerca
del reino de Dios.
Antes bien, en su encarnación, nuestro Señor
se identificó plena y abiertamente con hombres y mujeres que pertenecían
a una sociedad humana específica, adoptando y participando en sus múltiples
manifestaciones culturales de orden material y lingüístico.
Es decir, Él fue hasta ellos, se identificó
con ellos, se hizo uno de ellos, y habló la lengua de ellos, para que
su ministerio tuviese relevancia para ellos, tal y como se encontraban.
Fue el mensajero el que se adaptó al pueblo, con todas sus
idiosincrasias lingüísticas, sociales, y culturales, y no el pueblo al
mensajero.
Los apóstoles, reflejos fieles del patrón
El evento que mejor ejemplifica la
preocupación que tiene Dios para que el maravilloso mensaje del
evangelio sea entendido, es el milagro del día de Pentecostés, en el
segundo capítulo de Hechos. Se supone que los judíos que habían ido a
Jerusalén para celebrar la fiesta de las primicias tenían una lengua
en común, probablemente el griego koiné, que utilizaba entre sí y les
servía adecuadamente para las exigencias fundamentales de comunicación.
Pero cuando Dios interviene directamente en
la transmisión del mensaje, no usa lo meramente "adecuado",
sino escoge el instrumento que va directamente a la mente y al corazón
de los oyentes: su lengua materna (versículo 8). En aquel momento, las
maravillas de Dios fueron transmitidas sin obstáculo alguno que pudiese
interrumpir la comunicación.
Es más, el uso de las lenguas maternas de
los allá reunidos transmite el importantísimo mensaje paralelo, que
una persona no necesita pasar de un contexto lingüístico-cultural a
otro para que Dios le hable o le escuche. Más bien en el día de
Pentecostés, Dios es quien ha tomado la iniciativa para comunicarse
directamente con el cretense, el elamita, el de Parta y otros, y con
ello convalida sus lenguas y culturas como canales dignos de portar y
expresar el mensaje imperecedero de la salvación.
El apóstol Pablo camina sobre el mismo
carril (1 Cor. 9:19-23). La proclamación del evangelio a los judíos, a
los gentiles, o a los intelectuales de Atenas, la hizo de maneras
distintas para que llegase a cada grupo con la mayor relevancia posible.
La "envoltura" o "ropaje" que puso al Evangelio,
variaba de acuerdo a los contextos culturales en que se encontraba.
Pero el poner en práctica el inclusivismo
del evangelio no siempre fue tarea fácil para los primeros cristianos.
El mismo Pedro tuvo que ser amonestado por Pablo cuando en una ocasión
aquél se apartó de unos gentiles (Gálatas 2:11-14), violando así el
mismo principio de aceptación que él había recibido directamente de
Dios en Jope (Hechos 10).
Cultura, lengua, comunicación, y el
movimiento misionero entre el pueblo hispanohablante
El evangelio es inmutable y su mensaje es
de suma importancia para todo pueblo, toda cultura y en todo tiempo. Sin
embargo, la "envoltura" que nosotros le ponemos hoy en día,
puede y debe variar según las respectivas exigencias lingüístico-culturales.
Como con los nuevos cristianos gentiles del
primer siglo que no se les obligó a hacerse judíos para ser recibidos
en la iglesia, nosotros tampoco tenemos el derecho de obligar a nadie
(intencionalmente o no) a que abandone su marco lingüístico-cultural
para ser miembro de la gran familia de Dios. Esto no quiere decir que no
se espera que el Evangelio produzca cambios en las expresiones
culturales de un grupo dado.
El obligar a cualquier grupo lingüístico
(no importa el número de sus hablantes) a aprender un segundo idioma
(español, inglés, tagálog, o el que sea) para oír las buenas nuevas
o para crecer en la fe mediante la lectura de la Palabra de Dios y la
enseñanza bíblica, viola la pauta establecida por los apóstoles y por
Cristo mismo.
Si el uso de la lengua materna, y la
adaptación del mensajero al marco cultural de los grupos receptores
caracterizaron los ministerios del Hijo de Dios y de los apóstoles, ¿cómo
podría la iglesia hispanoamericana exigir menos de los misioneros que
está reclutando, formando y enviando a trabajar en otras culturas?
El que escribe estas líneas se atreve a
proponer a todas las iglesias y agencias misioneras, que establezcan una
norma que rece más o menos de esta manera: En fiel apego al ejemplo
establecido por el Señor Jesucristo y los apóstoles, todo misionero o
pastor que se dedica a una labor transcultural, tiene la obligación de
utilizar la lengua vernácula de aquellos a quienes es enviado,
invirtiendo al principio el tiempo necesario para aprenderla a un grado
tal, que la utilice en todo contexto y situación, sin tener que
recurrir a otra lengua que allí exista.
Esto quiere decir que las iglesias y
agencias misioneras deberían exigir a sus miembros a dedicarse primero
al aprendizaje de la lengua y cultura de los grupos a los cuales son
enviados, antes de lanzarse a la obra estrechamente
"misionera". El esperar que el nuevo misionero transcultural
comience inmediatamente a plantar iglesias, organizar campañas
evangelísticas,
o discipular a nuevos creyentes, todo esto en un idioma que no es el de
la gente, es equivocarse sobremanera, y traiciona el espíritu y patrón
que nos dejó Jesús mismo. Tengamos la misma consideración y respeto
para con todo grupo, de la manera que Dios lo tuvo para con los
galileos, los cretenses, y los elamitas, etc.
Se reconoce que el aprender una segunda
lengua y adaptarse a una cultura diferente puede ser una tarea difícil,
larga, ardua y hasta desalentadora o desesperante. Sin embargo, el
siervo de Dios que quiere seguir las pisadas de su Señor, de los apóstoles,
y de miles de otros misioneros, tanto del pasado como del presente, no
puede sino dedicarse férreamente a aprender y utilizar la lengua de la
gente a quien es enviado.
No caigamos en el mismo error de Pedro, de
confundir aquellas expresiones de fe y adoración que nacen dentro de
nuestras culturas, con un supuesto patrón bíblico, por cuanto el
resultado de esto será la imposición de manifestaciones culturales, en
vez de la transformación individual y cultural que el Evangelio debe
ocasionar.
No seamos nosotros culpables de convertir
las Buenas Nuevas en un sistema de vanas repeticiones, que lo único que
lograría en sus seguidores será convertirles en una bandada de loros
que repite frases vacías que no han penetrado sus corazones. En su
lugar, dediquémonos al desarrollo de discípulos en quienes el mensaje
ha penetrado hasta lo más profundo del corazón ... ¡y todo porque se
utilizó la lengua del corazón!
Federación Misionera Evangélica
Costarricense (FEDEMEC)
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