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Bangladesh: ¿Cómo Olvidar?
por Juan Londres
Bangladesh es un lugar en donde la pobreza se escondió detrás de la miseria y ésta, a su vez, se trata de esconder tras la sonrisa apasionada y no discreta de 130 millones o más de bengalíes que en medio de una carrera sórdida caminan cada día por las calles de la nación sin un rumbo fijo, ni físico, ni espiritual. Mi hermano Miguel, misionero en
Bangladesh, tenía razón cuando me dijo: Bangladesh es un país que si no lo experimentas, jamás podrás imaginarlo.
Desde mi visita allá he estado cargado de imágenes realmente difíciles de borrar o dejar en el olvido, pero les aseguro que muy fáciles de recordar en medio de pesadillas en noches sonámbulas y de remembrar en cada momento que puedo vivir la vida tal como Dios me la permite vivir para decir ¡gracias! Y vivir como un agradecido.
¿Cómo podría olvidar el rostro del paralítico que se arrastró detrás de mí, casi media cuadra, pidiéndome una limosna?, ¿o la cara de angustia de una mujer con un niño desnudo en sus brazos en absoluta desnutrición golpeando el cristal del taxi tratando de llamar mi atención para que le socorriera algo que le ayudara a vivir ese día? ¿Cómo podría olvidar?...
Pero también está la otra faceta de la moneda cuando puedo recordar la sonrisa brillante y no fingida de un conductor de rickshaw (bicicleta para transportar a la gente) que completamente mojado y bajo un azotador aguacero posaba para la foto que le tomaría mi compañero de ministerio, Enrique, desde un pequeño taxi en donde viajábamos 6 personas mojadas hasta el cuello y sentadas prácticamente una encima de la otra. ¿Cómo olvidar la felicidad de un niño vendedor de collares en la playa cuando conversaba con Miguel en su propia lengua y podía estar cerca de los extranjeros, cosa que para ellos es un privilegio? ¡Vaya privilegio!
¿Cómo olvidar...? Podría pasar horas completas narrándoles cada uno de los cuadros que tengo guardados en mi memoria, cuadros de pobreza, afán, desesperanza, realidades cotidianas de gente que sufre y que trata de sobrevivir mientras entienden por qué viven así, y cómo podrían cambiar su destino programado según les ha enseñado su religión; muchos de ellos tal vez pensando en la muerte como único camino para dejar atrás lo que les hace sentir como se sienten. Gente sin esperanza de recibir paz cuando salgan de la locura de vivir en su
Bangladesh.
¿Qué estamos haciendo por ellos? Esta es la pregunta. Sólo contamos con un puñado de obreros a los cuales admiro y respeto profundamente. Estuve con aquel grupo sólo un par de días. Un grupo formado por tres colombianos, un hondureño, una boliviana, un
italo-chileno y una sueca. Sólo pudimos escucharlos y reconocer la grandeza de Dios a través de sus vidas. Son hombres y mujeres que me faltarían palabras para describirlos. Sólo me adhiero al autor de Hebreos: El mundo no es digno de ellos y añado: la iglesia tampoco. Son personas que lo han dejado todo y han abrazado una visión que muchas veces parece loca y fantasiosa, alcanzar a los perdidos de zonas como el sur de Asia. Una visión tan loca como la de Cristo cuando decidió morir en la cruz por nuestros pecados. Ellos están dispuestos a vivir con lo mínimo, a sufrir a lo máximo, incluso morir por su cumplimiento.
Necesitaba escribir esto. Necesitaba decirles que nuestros obreros nos necesitan y con extrema urgencia. No pueden continuar la batalla solos, tenemos que incrementar nuestra ayuda y cuidado, tenemos que hacerlo juntos, juntos de verdad. Ya es suficiente con vivir la realidad de Bangladesh todos los días como para añadir cargas a sus sacrificios. Nosotros podemos hacerlo. Sólo tenemos que poner la mano en la conciencia y mirar a Jesús cara a cara, rogándole que nos ayude a cumplir con responsabilidad nuestra tarea en la empresa misionera.
Traigo un desafío claro después de esta experiencia. Publicar a los cuatro vientos la necesidad de subir el presupuesto mensual de los obreros en el sur de Asia e incrementar nuestra visión sobre el envío de misioneros a estos olvidados lugares de la tierra. No sé que tengamos que hacer para lograrlo, pero es lo mínimo que podemos hacer. Si no lo intentamos deberíamos tener el coraje de decirles que regresen porque no fuimos capaces de hacer nuestra parte tan bien como ellos están haciendo la suya. ¡Claro que podemos! ¿No recuerdan las cantidades de dinero que hemos recogido en actividades para otras cosas? ¿Por qué no hacerlo ahora para nuestros valientes obreros? ¡Ánimo! se puede en el nombre del Señor.
¿Te unirás a esta causa? ¿Serás parte de lo que Dios—a través de nuestros valientes—está haciendo en Bangladesh y el sur de Asia? ¿O tomarás el camino fácil de la excusa que te permite seguir viviendo mientras otros mueren?
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